ROMPER EN/EL SILENCIO

 

Ulises Matamoros

 

PARA LOS QUE ESTÁN ARMADOS

(NO) ES VERDAD QUE (YO) ESCRIBO

 

Es verdad que no hay neutralidad en la escritura –lo sabemos–, pero también sabemos que, para no “mordernos la lengua” debemos considerar la posición desde la cual enunciamos y hacia dónde nos dirigimos.

 

Escribo por necesidad y por demanda, pues hay un deseo que opera en algún lugar que llamamos “dentro”. Ciertamente hay un deseo de volverse público en el texto. Para ello, uno tiene que dirigirse al otro, instaurando una demanda: como si el otro demandara esta escritura, y, como si, a través de ella se diera algo.

 

Esta economía; este falso inter-cambio entre escritura y lectura se da en un espacio simbólico que es “pura contradicción”. Siempre se “recibe” con lo leído y se “da” con lo escrito “más, o menos”, pero nunca lo justo, lo equitativo… Lo Real. Esta escritura es una “falsa moneda”, su circulación; un laberinto de significaciones sin salida, y estos textos, un andamio institucional: una prótesis de aquello que NOS FALTA EN LO REAL y pretendemos enunciar en lo simbólico. Detrás de estos textos, y de cada palabra vienen murmullos, contradictorios y radicales en sus causas… en efectividad.

 

En su enunciación y afectos –la palabra– impone, quita y mutila; a veces asigna, otras tantas anula, o es anulada, convertida y reconvertida: por quien atentamente escucha o lee, –la palabra– ganará su radicalidad, o su desmantelamiento: así, se liberará de su silencio, y de las funciones para las cuales ha existido.

 

Nosotros, todos, somos organismos destructivos, y esta “tecnología escritural” es ciertamente un arma biológica. Deben saber, que, como ustedes, nosotros también estamos armados “hasta los dientes”. Tenemos derecho “común” a tomar la voz que nos falta; las palabras que se nos deben, que por derecho nos pertenecen, y a convocar en ellas lo que por derecho nos corresponde: lo que debemos de hacer bien para nosotros, para los otros; para todos.

 

Tenemos al mismo tiempo la responsabilidad de ver ese “algo” que no cesa de “no enunciarse” en aquello que se dice o se relata de la experiencia: aquello que está en el silencio ensordecedor de las palabras que escribo para ustedes; las que escribimos juntos para los que también –como nosotros– están armados.

 

 

 

 

 

 

 

 

1 – ROMPE(R) EL SILENCIO

 

No existe otra manera de afrontar nuestro silencio, más que con una radical “estética de la destrucción”, –digamos– hacer hablar al silencio desde su quebrantamiento, por decirlo de otra manera: romperlo, o hacerlo romper. En este “rompimiento” estaría la verdad del significante, o las múltiples verdades de los significantes que hasta ahora callan, pero, además, estaría también la imagen de ese silencio.

Este “romper el silencio”, implicaría en última instancia, romper los espacios históricos de imposibilidad enunciativa: tomar y administrar espacios propios para nuestra voz.

 

2 – FALTA LA IMAGEN

 

Acá en Tierra Negra y Tierra Colorada falta nuestra imagen; hay pocos “documentos” y muchas blasfemias históricas que llegan de fuera, con una voz impositiva que nos quebranta hasta los muertos. Es verdad –en efecto–, que existen pocos registros, y muy pocos “archivos” históricos: es nuestra culpa y también la del Otro que exista nula palabra nuestra.

 

La terrible ciencia histórica se hizo cenizas antes de arder, antes incluso de comenzar a encender. Corresponde a nosotros “hacer” la imagen (nos corresponde hacerla arder), porque en su obscuridad ausente calla, y callan con ella nuestros significantes históricos.

 

Esta FALTA, o –mejor dicho–, “esta falla”, muestra la naturaleza visual del silencio; la naturaleza sonora de la visualidad, pero también muestra el silencio sonoro y visual en el que nos hemos mantenido… En el que aún nos encontramos.

 

El silencio tiene algo de imagen, y la imagen algo de público; la imagen en tanto presencia pública también tiene algo de verdad.

 

“Ya no tenemos… Mi mamá tenía dos, de su padre y abuelo. Tenían en la casita de palma, esas que buscas, pero ves que se nos quemó la casa. Ahí se perdió todo… Por eso mi mamá quería la foto de su viejito de recuerdo”.

Nelly Alatriste Flores

 

“Antes de venir acá, los viejitos estaban en los cerros, ya luego por acuerdo vinieron acá. Mucho después ya les quisieron vender la tierra. Un viudo fue el único que quiso vender. Se compró esta tierra con la sociedad. (…) Pero antes no había fotografías pues… O no las conocíamos… Mucho después ya venían fotógrafos hasta el cerro donde estábamos; venia un señor de san Juan que hablaba mexicano, también hablaba N´giba -no le daba el tono, pero él hablaba-, cuando podíamos pagar, pagábamos, cuando no, cambiábamos por maíz o frijol. Nos tomaba las fotos, me acuerdo… Salíamos todos”.

Juan Ascención Colmena

 

3 – VER(DAD) EL SILENCIO

 

Nuestras palabras se disolvieron en huertos de árboles, en cultivos y en prados arrasados: en el monte y en los ríos, en los basureros y los cuarteles; en las calles desoladas; en un trabajo de media noche para el drenaje profundo de una ciudad que no era nuestra.

 

Nosotros fuimos cobardes, y nos guardamos del peligro, –es cierto– que nos quedaron pocas horas, pocas tierras, y pocos intentos… Pero también es cierto –que hoy– nos queda poca obscuridad para ocultarnos.

 

Seguimos los consejos escolares y aprendimos a velar el color de nuestra lengua: preferimos cubrir las “miserias” para que nuestra vida no se detuviera… Así se apagaron nuestros ecos. Ahora nuestra voz materna se encuentra en medio de la nada; pero sabemos que la ella es un lugar sagrado, las palabras brotan: fractura la piel y el hueso, y con el impulso que han guardado, es imposible detenerlas.

 

“A este lugar llegaron unos hombres que decían pertenecer a la gente de Axayácatl, quien era comandante de las fuerzas de Moctezuma Ilhuicamina. (...) Sus órdenes eran, que todos los pueblos, independientemente de los nombres que tuvieran y las lenguas que hablaran, a partir de ese día tendrían que ser conocidos con nombres compuestos de palabras de la lengua náhuatl”.

Pedro Ochoa

 

“La prosperidad es una prueba de la división divina, y se inicia con el conocimiento de la Biblia. Los grupos humanos que no conocen las Escrituras están degradados y deben ser objeto de regeneración moral. Su mismo estado de atraso es una prueba de que no gozan del favor de Dios. El individualismo y la competencia son el ideal de la conducta moral. Toda acción colectiva es moralmente irresponsable y producto de la actividad satánica en la tierra”.

Instituto Lingüístico de Verano

 

“Teníamos prohibido hablar en nuestra lengua, los padres nos prohibían: a muchos de nosotros ya nos tocó ir a la escuela. Por consejo de los maestros, nos prohibían, —si siguen hablando eso, no van a aprender español ni las cuentas, ni las sumas ni nada—, así decían. Incluso nuestro padre llegaba a golpearnos si hablábamos N´giba. Él sufrió mucho la discriminación… Más que nosotros. Nos cuenta que cuando estaba chamaco, desde el centro lo correteaban hasta que lo dejaban en la barranca —Popoloqueros, Popoloqueros— le decían. Y así como a él, a muchos. Nos daba pena primero, ya de grandes nos damos cuenta de que hicieron mal… Que hicimos mal, pero era difícil en esos tiempos. Nosotros entendemos bien… pero no hablamos”.

Alfonso Ascención Colmena

 

4 – EL SILENCIO DE LA TIERRA

 

Hay un silencio ensordecedor a la orilla de la tierra, se cuenta que aparecen flamas ardientes en los centros del camino, y cenizas enterradas en tumbas poco profundas como cantaros de agua. El tiempo es una metáfora de la tierra: lo que existe son los cerros que se parten, los lugares pesados y livianos; la tierra blanca, la tierra negra y la tierra colorada.

 

Abuela y abuelo vienen de un cerro alto, y de un corral de piedra; del agua de un carrizo.

¿Dónde está situada la orilla del camino?

¿Cuánto nos ha costado la tierra?

 

“Los de Tierra Negra vienen de tres lugares: Meza de Pescado, se dice Ngu-sen dha nguché; Meza Otate, se dice Tszé enun dha shá; Meza Izote, se dice Ckutsé ndhan-tshe, —hay mucho izote quiere decir ese nombre—.

Ya los de tierra colorada vienen ahí donde tiene su tierra Octaviano Bravo; Zacamel —se llama—, ese no sé decir yo; también vinieron de Xocoyo, ese se dice Ckutsé ndha ní-ñha. Los de barrio de Santa Inés vinieron de Tetele Otate;  ese es Da´sha, ahí vinieron ellos; los que no se mudó nunca —porque desde el principio quedaron—, son los del Barrio de Jesús. Dice la gente que quedó maldecido —ese barrio— porque nunca se aumenta la gente, ese barrio muy chiquito. Ya los de Barrio de Santiago se mudaron de “tres caminos”, ese se dice Ni ndhi-ha´, y los de los Reyes vinieron de Xoxotla y Tempesquistle, por eso ese barrio habla mexicano”. 

Porfirio Arellano Benítez

 

“La finca fue de Inés —de una señora rica—, esta parte fue de Muncio y Agustin Mora, pero Agustín quedo viudo y se casó con Carlota —su esposa—, entonces es la dueña de la finca de Providencia. Ya de ahí —entonces— por eso esta finca está colindando acá con Obrapia, y da la vuelta hasta Ojo de Agua; antes, se decía “ojo de agua” ese Tlatencingo. Aquel entonces, mi abuelo, fue el que trabajaba de mesero con Muncio P. Martinez. (…) Juan Espinoza se hizo de amigo con mi abuelo —que era mozo del rico—, y ya de ahí, —cuando ofreció la tierra Muncio a los N´giba—, ya se dirigió con mi abuelo directamente. Aquí, esta sociedad compró mi abuelo; segundo Cruz Juan; tercero Porfirio Galicia, y Alejo… —No me acuerdo su apellido—… El difunto Pascual Rios; el difunto Mingo Vidal; el difunto Ramón Luna: esos son los que compraron aquí, fueron 123 protocolados. Los viejitos compraron, 123 protocolados que compraron esta finca. 1918 — puros viejos—  y de ahí pues ya después se dividieron porque querían pelear los ricos de Cuayuca.

Esta sociedad, va del lindero del Barrio de san Antonio, hasta Zuchilpando; de allí, recto a Tetele Alto; hasta Ometolonte —ahora le dicen Loma Tolonte—; De Ometolonte a Mogote Encino, y recto a Tetele Alto, —Tetele Alto le decían Naltepec—, ya de Naltepec recto hasta cuesta  Partadero;  de Partadero recto a lindero Meza el Toro, y de ahí recto al Ojo de Agua; luego, recto al lindero de Tetele Alto; del lindero Tetele Alto, al Lindero Escondido —ese estaba ahí donde vivía Isaias en la barranca—, de ahí recto a Bordo Manuel Martínez —donde Vivian los Rosas—, y de ahí recto cierra con Lindero San Antonio. (…) Carlota fue viuda de Iglesias, ya cuando se casó con Muncio vendieron a los viejitos de acá, yo sé de está finca, allá la otra no. Acá limpiábamos todos la brecha; cada año salíamos. Ya cuando se compró la finca empezó el pleito con la gente de razón, no querían que tuviéramos tierra. Lo mismo para la otra, allá donde están ustedes, esa sociedad quemaron el comité de palma porque no los querían”.

Don Maurilio

 

“Venia la federación a la colonia, al cerro, nos venían a desarmar: la abuela curaba al tío, —era buena curandera—, entraban a la casa de palma, chiquita, chiquita, pero los federales registraban y no encontraban nada, no encontraban mi tío. Las armas ya estaban escondidas en la tierra, rascábamos hoyos y ahí metíamos las armas”.

Natalia Colmena Reyes

 

5 – SONIDO DE VIENTO

 

La banda de viento se convirtió en seña identitaria de la región, —sobre todo la banda N´giba de San Felipe Otlaltepec—. Con esto surgió —en Santa Inés Ahuatempan—, una “nueva” forma de expresarse, y confrontar al Otro desde el sonido. (…) Una especie de visión romántica explicativa envuelve místicamente este surgimiento: aquella necesidad casi espiritual del “indio” N’giba por la música. En Santa Inés, la música de banda surgió como pretexto para agrupar a indígenas que lograron ofrecer resistencia pacífica y armada a las autoridades locales.

 

“Iba de pueblo en pueblo, incluso había un altavoz en la camioneta, que iba anunciando la película que iban a exhibir. (…) En las noches me instalaba en la placita del pueblo, montaba la pantalla y dábamos un ciclo de cine mexicano. (…) La mayoría del pueblo —en su vida había visto una película—, ni siquiera tenían señal de televisión. (…) Entonces, yo, en una ocasión, estando recorriendo los pueblitos, —que muchas veces ni siquiera sabía cómo se llamaban—: Yo iba recorriendo el mapa, iba de pueblo en pueblo; de pueblo en pueblito llegué a un pueblo que se llama San Felipe. Entonces en esta ocasión yo no llegué directo a la plaza, sino a una especie de explanada. (…) Decidí tomar una siesta. Antes de ver ni siquiera el pueblo, entonces me dormí, cuando había obscurecido. Me despierta unas horas después el sonido de una banda de música que está tocando música clásica. Entonces yo pensé que estaba alucinando. ¿Dónde estoy? ¿Qué está pasando aquí? Salí del camper donde estaba, y me encuentro con una banda de música de indígenas que está tocando música clásica con la partitura”.

Nicolás Echevarría

 

“Compartí mi primera instrucción musical al lado de grandes personas, como Don Juan Chino, David Zavaleta y Francisco Reyes. Puedo sentir ese sonido inigualable de la banda de aquellos tiempos. ¡Cómo olvidarlo! —Toquen una de esas canciones que parece que nunca van a terminar, recuerdo que decían en alguna fiesta.

Dionicio Chino Villamil

 

“La banda fue fundada alrededor de 1925 por Mariano Nazario Flores —mi bisabuelo—, junto con los señores Santiago Montaño y Jesús Ramón. Cuando mi bisabuelo murió, la banda la llevó mi abuelo —su hijo— Librado Flores, y hasta ahí entra también Julio Reyes. (…) A finales de 1925 compran sus primeros instrumentos en la ciudad de Puebla, se fueron hasta allá caminando. Pues en ese entonces no había transporte, y se trajeron sus instrumentos en hombros hasta el pueblo. (…) En mi familia aún se conservan los instrumentos originales y los papeles también originales que prueban esto”.

Bulmaro Arellano

 

“Tocaban ellos, tuvieron que reunirse y aprender: yo tenía mi partitura de mi instrumento cuando toqué la música, pero ya mucho después eso. Pero antes, los viejos tuvieron que aprender empírico. Formaron el comité —esa casa de palma que estaba donde se juegan balón ahora—. Hicieron la música, y la música no dejaba que escucharan los “contrarios” sus acuerdos, estos eran contras de los que estaban en el poder en ese entonces. Estos querían hacer bien para su gente, pero la gente de “razón” —Ndajua decimos nosotros—, esa no quería. Ahí murió el papá de Trinidad Ayala. Diez años después de esa primera música y de la muerte de esa gente, Trinidad Ayala se volvió líder —tenía 14 años él—. Ya después cuando fue presidente y líder de “indígena” —¿le dicen? —, me llamarón los viejos: así estaban todos alrededor; uno aquí, otro allá, otro sentado: me mandaron a traer y me sentaron en medio. Me comprometí con la gente… con el pueblo, a cuidar a Trinidad. (…) Me dieron arma. Pero yo les dije —si quieren que cuide a Trinidad, va a ser con mi arma. —Así les dije, —pero con mi arma, porque esa la conozco bien. Ellos me llamaron porque sabían que era yo buen tirador, nunca fallé un tiro, y mi padre era buen tirador.

Aquel año cuando quemaron el comité, murieron: Pedro Montes, Urbano Mendoza, Agustín Galicia, Sixto, Ramón, Valentín y Dolores”.

José Trinidad Ascención

 

6 – CRECEN LAS PIEDRAS, HABLAN LAS PIEDRAS

 

“Allá tengo mi otro santo, en mi casita, esta casa de pared no me gusta, es fría. (…) Este es mi santo, el que cuida la casa. Este otro chiquito lo traje también del monte, tiene mucho tiempo, desde que estaba chamaca, venia con mi viejito y cargaba yo el burro, él me decía: —Ay, ¿para qué quieres esas piedras?—, yo le decía, —bueno, ¿qué tú vas cargando, o qué? Quién carga es el burro. Y así traje todas, las que están atrás de la casa; las que arreglé acá mi nacimiento. Esta estaba chiquita, ya creció —tantos años, pues—, todas estas les traje de nuestro monte. Crecen las piedras”.

Carmela Flores

 

“Me perdí. Se me revelaron en el sueño. Vinieron unos hombres con batas blancas, estaban del otro lado del puente, —¡Ven María!— me hablaban… decían, yo estaba casi desnuda; con mi fondo de tela blanca pero el pecho descubierto. Me dijeron que empezara a curar: lo hice y cada trabajo se hacía bueno. Deje de conocer hombre… Porque cuando curas debes dejar eso”.

María Gregoria Flores

 

“Las dos mis abuelitas curaban: mi abuelita Elena, y mi abuelita Librada, —eran buenas—. Se reunían, ella y su comadre y curaban el pueblo… curaban el pueblo; pedían que se diera la cosecha, o que viniera la lluvia. Enterraban palos toda la orilla del pueblo, como cuando se hace un corral. Amarraban mecates a los palos, uno abajo, otro en medio y otro en la punta, así curaban. Mi abuelita tenía una ollita con sus ídolos, ahí les daba de comer, de beber: unos chiquitos —así de piedra—, estaba colgada su ollita en los quiotes de la casa de palma. Muchas cosas vi. Mi abuelita les preguntaba a las cenizas. (…) Se abren los cerros, se habré el encanto, ahí, donde están las ruinas, o cerca de ellas. Hay fuerza y aíre en muchos lugares: lugares pesados. Yo lo sé todos esos lugares, por eso hay que dejar presente, se lleva regalo para que el aire deje en paz”. 

Natalia Colmena Reyes

 

7 – VOZ MATERNA

 

El lenguaje se forma y se conforma, también brota de las cosas más originarias. Se acopla, y se reúne o trata de reunirse en torno al objeto, o al universo de objetos que nombra: el lenguaje bordea —o mejor dicho—, circunnavega lo Real. Nosotros no somos inocentes, sabemos que nuestra lengua materna es un lugar sagrado: “rompe” las palabras y las desconecta de sus referencias habituales: nos ofrece caminos alternos de mundo, maneras radicales de concebir la totalidad. Nuestra lengua nos da esperanza.

 

“Los maestros bilingües estaban enseñando ya hasta un canto de Popoloca, y como hay gente que sabe. Entonces pasó que ya llegan los niños y empiezan a cantar. Y la abuelita nomas estuvo escuchando, y dice —ese, ¿por qué cantan así? —Es Popoloca abuelita, dice la nieta. —No cierto, tengo yo que hablar con los maestros, —eso dijo la abuelita. Y fue entonces: —esto que dicen ustedes, así no es; puras pendejadas que están diciendo, —eso dijo la abuelita—, —esto es así y así, —no es como ustedes dicen, entonces ya no estén enseñando así. Los “Chacuaras” nos decían, —eso son los más Xoxos y humildes—, porque puro N´giba estamos hablando, porque somos piojentos —así dice la gente—. No quieren ellos juntarse con uno, ellos son gente de razón —le dicen—, son Ndajua. Ellos por ser del centro, no querían juntarse con uno.

Ya es demasiado tarde para que se vuelva a levantar el idioma. Yo y mi compadre Marcelino hicimos el intento; una semana estuvimos: nosotros lo escribimos y nosotros no lo entendemos… por eso es difícil que los escribamos, por eso esos evangélicos vinieron aquí, se llevaron a uno y a otros, pero no nos dejaron nada”.

Don Antonio  

 

“Todos esos no eran de aquí, vinieron. Pero sabían de negocios por eso se plantaron con sus tiendas. Venían todos los indios a comprar ahí. —Tenían, más dinero los indios que ellos—, pero ellos sabían de negocios y los indios no. Pero ya la gente de razón eran puros del centro, —pero esos no eran antiguos de aquí—. Ya los del ranchito, esos eran descendientes —dice—, que de españoles. Tenían ranchos, por eso hasta la fecha tienen esa fiesta de charros, esa costumbre se les quedo a ellos, ellos son gente más blanca”.

Juan Ascención Colmena

 

“Estamos con tu mamá y mi mamá haciendo palabras, ya tenemos tres; una es para decir celular, otra es televisión… amos a juntarnos para hacer más. (…) Me gusta cuando preguntan ¿Cómo estás? En N’giba se dice: Ngueru jha-se atisia´gin´a. ¿Qué dice tu corazón? Es muy bonito… Pero no nos quisieron enseñar. Entendemos todo, pero no hablamos, ahora queremos hablar, pero no podemos dar el tono. (…) Hay cosas que no se pueden decir de otro modo, nuestra lengua tiene verdad. Cada vez que se dice algo en N´giba, tiene verdad”.

Irene Guadalupe Ramón Orozco